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Un nuevo aniversario del desastre del transbordador espacial Challenger

La misión STS-51-L, la décima del transbordador espacial Challenger, debería haber sido rutinaria. Sus objetivos eran poner en órbita un satélite de comunicaciones y demostrar la seguridad de los viajes espaciales, llevando a la primera profesora al espacio; un simple ejercicio de relaciones públicas. Lamentablemente, ocurrió la tragedia que no sólo retrasó el programa espacial, sino que impactó a todo el mundo.

El 28 de enero de 1986, siete miembros de la tripulación, incluida una maestra de New Hampshire, despegaron a bordo del Challenger desde el Centro Espacial Kennedy.

Setenta y tres segundos después, el transbordador se desintegró ante millones de personas que lo veían por televisión y en vivo. Todos los miembros de la tripulación, incluida la profesora Christa McAuliffe, murieron, en el que hasta ese momento, era el peor desastre en la historia del programa espacial norteamericano.

Los especialistas designados por el presidente Ronald Reagan -la Comisión Rogers-, comunicaron que la explosión del Challenger se debió a una fuga de gas en el cohete derecho. En la explosión, el módulo de la tripulación se separó intacto de la bola de fuego, se precipitó en picada desde una altura de 15.240 metros durante dos minutos y medio, y cayó en el mar. Los miembros de la tripulación, quienes no tenían paracaídas, murieron al impactar contra el Atlántico a 300 km/h.

Los miembros de la tripulación del Challenger eran, además de McAuliffe, el comandante Francis R. (Dick) Scobee, el piloto Michael J. Smith; los especialistas Judith A. Resnik, Ronald E. McNair y Ellison S. Onizuka; el especialista en carga Gregory B. Jarvis, empleado de Hughes Aircraft Corp.

McAuliffe fue seleccionada entre 11.000 maestras que solicitaron formar parte de la misión del Challenger. Fue escogida por la NASA en 1984, y el tercer trimestre de ese año pidió licencia de sus labores docentes para entrenarse para la misión.

La NASA suspendió el programa tras el accidente del Challenger, y no lo reanudó hasta 1988, con el lanzamiento del Discovery. La agencia había calculado la probabilidad de un accidente catastrófico durante el lanzamiento -el momento más peligroso de cualquier misión de transbordadores- en una proporción de 1 a 438.

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